Arte

Dibujos animados de las cavernas

Me crucé otra vez con este tema, aunque el artículo tiene unos años: Early Human Made Animated Art, de Zach Zorich. Ya había visto algo sobre esto cuando se estrenó en cine la película de Herzog Cave of Forgotten Dreams.

La teoría es que algunas imágenes rupestres, a la luz tenue de la iluminación paleolítica, podían dar la idea de movimiento en las figuras.

Suena exagerado, claro. Pero a la vez no deja de fascinarme lo poco que se sabe acerca de esos dibujos que tienen más de 20000, incluso algunas más de 30000 años en la tierra. ¿Qué historias contaban? ¿Quiénes las hacían?

En los comentarios a este artículo encontré la recomendación para leer este otro: It’s about time, de Warren Criswell, y una novela de Kim Stanley Robinson, que voy a ver si consigo. Y también las ganas para volver a ver la película de Herzog y releer un artículo de John Berger que leí hace un tiempo y que habla también sobre los dibujos en las cuevas de Chauvet.

Blanco griego

En este artículo para The New Yorker, The Myth of Whiteness in Classical Sculpture, Margaret Talbot habla de “el secreto mejor guardado que ni siquiera es un secreto”. Las esculturas clásicas, que la historia del arte siempre nos muestra de un blanco impecable, en realidad eran coloreadas. De hecho, muchos hallazgos arqueológicos presentan restos de color, que si no se analizan cuidadosamente se pierden. Y luego, encima, en muchas ocasiones, fueron limpiadas y pulidas para la exhibición. Varios investigadores están intentando revertir esto, pero no solo se enfrentan a distintos tipos de análisis y cuestiones técnicas a la hora de las excavaciones, sino también con el concepto del público acerca del blanco de las esculturas como algo elegante y sobrio.

Deprimentemente bueno

The New Yorker cuenta la historia del origen de la serie animada “depressingly good” Bojack Horseman, con el comienzo de una nueva temporada a la vista, este fin de semana.

Acá el trailer oficial de la primera temporada:

Estamos acá

“Todos mezclado, todos manoseados” como dice el tango.

Me crucé con una animación que ganó el Oscar en 1983, que -quizás no casualmente- se llama Tango. Es de un artista polaco: Zbigniew Rybczyński (no sé cómo se pronuncia, claro), y es una cámara fija que enfoca una habitación en la que van apareciendo 36 personajes sin interacción entre sí, como si se superpusieran los planos temporales de la vida en ese cuarto. La animación y más información sobre el artista en esta página: DionisoPunk (que parece tener mucho más para revisar y mirar). También la dejo acá:


Me hizo acordar a la novela gráfica Here, de Richard McGuire, que es una cosa impresionante. Por acá una reseña de The Guardian con más información. Y buscando sobre esto, encontré que hay también una versión digital, que me encantaría tener y chusmear.

En cuanto a literatura electrónica, hace unos meses en el Congreso de Promoción de Lectura de la Feria Internacional del libro de Buenos Aires, vi la ponencia de Lucas Ramada Prieto sobre esto mismo: apps, libros digitales, juegos… esas narrativas que no tienen límite preciso entre lo interactivo y lo tecnológico. Entre muchas otras cosas (la ponencia estuvo muy muy interesante) recomendó 18 Cadence, un ¿juego? literario que también transcurre en el mismo lugar a través del tiempo. Así que lo dejo acá para que lo explore mi yo del futuro o alguien que se siente luego en este lugar.

Roz Chast

Mientras trabajaba en otra cosa (sí, trabajaba), me surgió a la memoria la revista The Sciences, de la Academia de Ciencias de Nueva York (hay que ser miembro de la Academia para verla, pero la primera página de cada artículo es gratis para todos). La súper gracia de esa revista es que ilustraban los artículos con obras de arte. Es decir: ni gráficos, ni ilustraciones a medida, ni fotos. Cuadros, esculturas, objetos artísticos. Una maravilla que conocí hace añares gracias a Jaime Poniachik.

Entre lo que más recuerdo de la revista está la página final de cada número, dedicada al humor. Por supuesto, ni idea de quién la hacía. Hasta ahora, gracias a la magia de internet. Curioseando el sitio de The Sciences, redescubrí que la página en cuestión se llamaba “Strange Matters”, por un tal Roz Chast. “Un” tal Roz Chast resultó mujer (en aquella época ni se me hubiera ocurrido, piensen que hace como treinta años de esto): Rosalind Chast. Por lo que veo, es más conocida por sus colaboraciones en el New Yorker. Ahora que miro bien reconozco su dibujo, aunque nunca lo asocié a aquella gloriosa página.

Bien al estilo Roz Chast. ¡Las onomatopeyas de la inacción!

Lo que no encuentro por ningún lado (dado que no soy ni planeo ser miembro de la Academia de Ciencias de Nueva York) es un dibujo en especial, una página que en su momento fotocopié a color, donde Roz Chast mostraba la arqueología de los platos sucios. Arriba de todo, en una pileta profunda, estaban los platos de anoche, sucios pero nuevitos. Seguían hacia abajo los de la semana pasada, el otro siglo, el primer milenio AD y así. Si alguien la encuentra, recuerde que la necesito. (Me compraría este libro si supiera que incluye ese cartoon, pero lo dudo porque no mencionan The Sciences entre las fuentes.)

Theories of Everything, una recopilación de 400 páginas de cartoons de Roz Chast, con una introducción por el director del New Yorker.

Dato de color: Rosalind nació el mismo año que yo.

Máquinas que pintan

Una máquina pintó estos retratos, con ayuda de Pindar Van Arman and Robert Del Naja. El tema de la inteligencia artificial (IA, o AI en inglés) y la pintura aparece tratado acá. Un crítico de arte dijo (sobre otra obra de Pindar Van Arman) que era la primera vez que veía una pintura de IA que no parecía hecha por una computadora. Claro que eso “no hace que sea buena”:

In a recent review of AI-generated art, famed New York Art Critic Jerry Saltz singled out one of my works saying that it was the first one “that doesn’t look like a computer made it.” Unfortunately, the next thing he said was “That doesn’t make it any good.”